La Delgada Línea Editorial

Primera entrega de una brevísima novelita sobre televisión. O lo que es lo mismo: una telenovelita.

Aquella plúmbea tarde de agosto, nuestra diminuta productora de fotografía lo había conseguido casi todo: las toscas medias de lana, los borceguíes, la camisa caqui, el casacón de cuero y el bate de béisbol. Lo único que no logró encontrar fue un pantalón de mi talla. Tampoco un buen par de ray-bans que hicieran justicia al glamour más o menos sado-masoquista que exigía aquel tercer reich de ficción, de modo que, en ambos casos, se optó nomás por usar los que ya traía puestos y, a pesar de mi nulo parecido con el actor Eli Roth, pude posar para la ingeniosa fotito publicitaria perfectamente caracterizado como el sargento Donny Donowitz, el Oso Judío, la simpática bestia asesina que exterminaba prisioneros nazis triturándoles brutalmente el cráneo a garrotazos en ese enternecedor diente por diente que, con tan buen ojo, el justiciero Tarantino dio en llamar Inglorious Basterds. Tratábase, claro, de una culturosa parodia destinada al sano ejercicio del autobombo, práctica de primerísima necesidad cuando -en parajes agrestes como Lima- es menester saber nadar con gracia entre compactas colonias de malaguas, especies éstas que se caracterizan por ver siempre amenazada su babosa existencia ante la menor manifestación de cualquier forma de vida diferente de su masa coloidal. Aquella foto ilustraba el anuncio pagado que promocionaría –a página completa en los periódicos- lo que, a esas alturas, había dejado de ser primicia entre el bravío colegaje: el inminente lanzamiento de Esquina, la acariciada revista semanal que este mecanógrafo gordo, ojeroso, cansado y con ilusiones dirigiría, por fin. O, por lo menos, eso era lo que creía.

Bajo el titular de Bastardos Gloriosos,  el texto que acompañaba la agresiva imagen inventariaba, en son de joda, los más recientes portazos recibidos por mi jorobada nariz y el rosario de patadas que palpitaba, fresco todavía, en mi nobilísimo culo. Con tamaño aviso a full color, pretendíamos sacarle un poco la vuelta a esa presunta y sobredimensionada adversidad que parecía volver a cernirse sobre mi sufridito destino. Había pues que pasarse por la cara otra buena mano de color esperanza frente a la improbable salazón que parecía haber conseguido que las cosas volvieran a salir tan ridículamente chuecas y que el 2010 terminara convirtiéndose en una voraginosa sucesión de súbitas cancelaciones y despidos intempestivos. En lo que constituye un impresionante récord nunca antes visto en la historia de los mass media, solo en los primeros ocho meses del año fui botado sucesivamente de cuatro empresas periodísticas. Cuatro. A razón de una (menos) por bimestre. Dos medios impresos y dos canales de televisión. ¿No debería darme vergüenza? Habiendo tanto venerable prócer que persevera laborando orgulloso 20 años en su mismo chifa con la pared enchapada de platitos recordatorios y el mismo amor a la camiseta que el primer día. Dios tenga misericordia. No sé a ustedes, pero a mí, cuando los planes se me tuercen hasta extremos tan absurdos, a lo único que atino es a la risa convulsiva. Siéntanse, por ello, libres de soltarla a la primera que les provoque. No se repriman: ¿Adónde irá a parar ahora Beto Ortiz? –se preguntaba, con gran dramatismo y hondura existencial, el encabezado de aquel impactante aviso que jamás se publicó. La respuesta a tan tremebunda incógnita no ha sido hallada todavía.

- Tiene una llamada del diario, señor Ortiz -me dijo una mañana de verano del 2010, la telefonista de Frecuencia Latina, canal en el que yo tenía un programa nocturno que, a la sazón, se llamaba Enemigos Íntimos.
- ¿Quién me llama? –pregunté temiendo que, como de costumbre, se tratara de Elisa, la redactora de espectáculos más ladilla de toda la Vía Láctea. Pero esta vez no era ella.
- Lo llama el señor Buu Buá.
- Pásemelo- le dije, no sin cierta mala espina. Autor de una columna diaria que ha logrado hacerme llorar, el señor Buu Buá sigue siendo hasta el día de hoy, nadie se explica cómo, el director del mismo diario en el que, durante unos siete u ocho años muy tempestuosos y discontínuos, (como suelen ser los amores locos), tuve una columna dominical que se llamaba Pandemonio y que el también despedido director anterior tuvo la doble generosidad de pagar bastante mejor que los demás artículos de colaboradores así como de anunciar siempre con su respectiva reventada de cohete en primera plana. Las llamadas del señor Buu Buá eran, en realidad, bastante infrecuentes y algo me decía que lo que aquel acrisolado líder de opinión estaba a punto de decirme no me iba a alegrar el día. No sé por qué pero se me hacía difícil imaginar que estuviera llamándome para celebrar la exuberancia de mi prosa.
- Hola, Beto, ¿cómo estás?
- Yo bien, ahí. ¿Y tú?
- Bueno…¡ya te imaginarás!
- Cuéntame.
- Acá la cosa está muy movida, mira…los directores ya me tienen loco contigo: te has mandado muy fuerte contra el diario, viejo. (Cuando decía “EL” diario no se refería al suyo, claro, sino a su nave nodriza y, en consecuencia, el temible colectivo de “LOS” directores no lo incluía).
- ¿Contra el diario?, ¿en mi columna?, ¿cuándo?
- No, no, en tu columna no. ¡Anoche, en tu programa!, a mí me parece que se te está pasando un poquito la mano, viejo.

Buu Buá se refería a las sistemáticas, antipáticas alusiones que yo había hecho a la pasmosa facilidad con que los dueños del periódico más importante del Perú consiguieron hacerse de la propiedad del canal más importante del Perú. A mi hipótesis –seguramente alucinada- de que ese fuera el origen del inusitado entusiasmo que exhibían ante la posibilidad de que Toledo saliera electo presidente de nuevo.

- Perdóname pero lo que yo diga o deje de decir en mi programa no es tu cau cau, me parece.
- ¡Pero tú eres un periodista de esta casa! ¡Acá hay una línea editorial! ¡No puedes estarnos atacando así!
- Es un tema de interés público. ¿No es eso lo que me contestas tú cuando te pregunto por qué a cada rato me joden en las páginas del mismo diario en que yo escribo?
- Eso no pasa a cada rato. Estás exagerando.
- ¿Acaso no me respondes que tú no puedes intervenir porque tienes que respetar la autonomía de tus periodistas?
- ¡Es que esa es la verdad!
- Bueno, fantástico. Ya está. Ley pareja no es dura. Respeta mi autonomía también y todos contentos.
- No, pues, viejo, no vamos a poder seguir en este plan.
- ¿Me estás botando?
- Pero, ¿cómo se te ocurre?
- Es lo que parece.
- ¡Tú eres una firma importante acá! Yo te llamaba, más bien, para proponerte que te tomes…
- Que me tome…
- Que te tomes un sabático.
- ¿Un sabático?…¿un año sabático?
- ¡No, no!, ¡no tiene por qué ser un año!…¡Sólo un tiempo, unas semanas, no sé, de repente un par de meses hasta que se calmen un poco las aguas…!
- Vienen las elecciones, Buu Buá…¿a ti te parece que las aguas se van a calmar? (Continuará)

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Candelejones

Algunos apuntes levemente tragicómicos a propósito del publicitado cargamontón literario contra Corbacho.

Allá por 1965, cuando Osvaldo Reynoso publicó en Lima la novela “En Octubre no hay milagros”, el crítico José Miguel Oviedo escribió: “Trataremos a su autor como lo que, evidentemente es: un autor fascinado por la abyección, la morbosidad y la inmundicia en que se revuelca el hombre de esta misma pudibunda ciudad, ese tipo de narrador coprolálico que apenas si asoma en nuestra literatura”. Hoy, 46 años después, en declaraciones al diario “La República”, Reynoso –uno de mis autores más queridos y a cuyas obras debo, entre otras cosas, mi educación sentimental- sentencia: “Lo que escribe Luis Corbacho es basura. Es mediático. Es transgénico. Hace daño a la cultura. Este año cumplo 80 años y no me queda tiempo para desperdiciarlo leyendo este tipo de libros.”

Primera decepción: uno de los autores más importantes –y más satanizados- de nuestra literatura hace con otros lo que nunca le gustó que hicieran con él: menosprecia, tacha, margina a un joven escritor homosexual. Y lo que es aún más triste: lo hace con un autor que él nunca ha leído. Es obvio entonces que no son sus libros lo que él, tan ofuscado, ningunea: es la persona. Le repele la persona, no su obra. Entonces recitemos juntos a San Oscar Wilde, maestro Reynoso: El hecho de que un hombre sea un envenenador no prueba nada en contra de su prosa. Pero Osvaldo no es el único que descalifica a priori y sin leer. Fíjense ustedes en la opinión que, sobre Corbacho, emitió esta semana otro bravo de bravos; el gran cronista Eloy Jáuregui: De ese tipo no he leído ni leeré nada, no vaya a ser que me pegue la mariconada. Bueno, bueno: he aquí mi segunda, profunda decepción. Yo no tengo ninguna duda de que Eloy ha leído, lee y seguirá leyendo a Martín Adán, a Jorge Eduardo Eielson, a César Moro y a Juan Gonzalo Rose hasta el borde célebre de las lágrimas. Me consta, incluso, porque lo he escuchado ensalzándolos, que adora a Lezama Lima y que uno de sus poetas favoritos es Luis Cernuda. ¿Y? ¿entonces? ¿en qué quedamos? ¿Por qué, entonces, habiéndose pasado la vida leyendo a tanto cabro no se le ha pegado aún la mariconada? Cuento con pruebas de que el acto fabuloso de la lectura no pone al lector en riesgo de adquirir, por ósmosis, ninguna característica, (las comillas son nuestras), “buena” o “mala” del escritor al que está leyendo. Llevo un par de décadas leyendo todo lo que Eloy escribe y todavía no me ha contagiado nada. Ni su talento ni ninguno de sus hobbies. Leer es bueno, leer te abre la mente siempre, leer de todo y a todos, leer sin prejuicios. Sin ascos ni alergias. Sin excepciones. Ahora que me acuerdo, ¿no fue Eloy, en la Feria del Libro de Lima del año pasado, el presentador estrella del libro El amor y la vía láctea de la muy afamada y curvilínea poetisa Giuliana Llamoja? ¿Acaso alguien, protestando contra la FIL por permitir tal evento, se cortó las venas con un cuchillo de cocina? ¿Acaso a alguien se le pegó la matadera? Hasta el cierre de esta edición, ni Jáuregui ni ninguno de los seguramente letraheridos lectores de aquel libro había terminado degollando a su vieja todavía.

También he leído a algunos –tercera decepción- escandalizarse porque, mientras el Nobel peruano Vargas Llosa inauguró la Feria del Libro de Buenos Aires, el novel argentino Corbacho inauguró la de Lima. Habría que preguntarse si eso ocurrió por decisión personal de Vargas Llosa, (que, como cualquier lector mínimamente viajado, conoce las galácticas distancias que separan a la feria argentina de la peruana), o por defecto de los organizadores que no lograron realzar el evento garantizando la presencia de MVLL, justo en el año en que más se le necesitaba. La inauguración de la FIL fue, más bien, una ceremonia protocolar, estuvo a cargo de los Señores Ministros de Cultura y Educación y del Señor Presidente de la Cámara del Libro quienes, se los puedo apostar, pronunciaron unos pomposos discursos con los cuales se aburrieron tanto o más que el infortunado público asistente. Y habría que intentar entender también, que no es lo mismo inaugurar la feria que presentar un libro el día en que la feria abre sus puertas. A las pruebas me remito: ese mismo día, el 20 de julio, un ciudadano que responde al nombre de Reynaldo Villanueva Ure presentó un libro de su autoría intitulado “Centrales Hidroeléctricas”. ¿Alguien podría decir que Villanueva Ure inauguró la Feria del Libro 2011?, a ver, ¿algún voluntario para protestar?

Pero sigamos: también presentaron sus más recientes opus aquel día inaugural los señores Eduardo Gonzáles Viaña, Raúl Wiener y Maynor Freyre, by the way. Se los cuento por si acaso no se hubieran enterado. Finalmente, cuarta y última decepción, he leído y/o escuchado atónito a mis amigos Javier Arévalo, Aldo Vela de Somos, Katia Adaui de La Mula y Kike Narro de RPP, todos apreciables colegas mecanógrafos y algunos de ellos más o menos openly gay o por lo menos, gay friendly, declarar -haciendo gala de una histeria moral francamente digna de mejor causa- que “la presencia de Corbacho desmerece la feria y reafirma la falta de educación y cultura de los peruanos” aunque quizá sirva como “caballo de Troya” para que, quienes no están interesados en los libros terminen acudiendo. O que Corbacho es un impresentable, (quienes hemos pululado alguna vez por las pestilentes cantinas culturosas de Quilca, el Superba y demás landmarks literarios de esta ciudad sabemos bien que la presentabilidad externa o interna no es precisamente una virtud que haya caracterizado nunca a nuestros más celebrados poetas malditos). “Me da bastante vergüenza arrancar así de mediocres” –escribe Adaui en su blog Casa de Estrafalario- “Que arranque la FIL cualquiera de quien podamos aprender algo” Y luego agrega: “Gracias, Margo Glantz, por elevar el nivel de nuestra FIL con tu dignísima presencia. Para mí, tú debiste abrirla.” Su vergüenza me deja, como diría Bryce, llenecito de preguntas: ¿Qué suprema autoridad decide lo que es mediocre de lo que no? ¿El men de la FIL, Jaime Carbajal? ¿Quién decide quién es “dignisima” y quién, “indignísima”? ¿Su administradora Doris Moromisato, figura señera de la poesía lesbiana? ¿Quién decide de quién se puede aprender algo y de quién no? ¿Acaso no se puede siempre aprender algo de todo el mundo, hasta de Jack, el destripador? Todo esto es escandalosamente subjetivo. Lo único objetivo es que, en 4 días, el abominado “Morir maquillado” del leproso Luis Corbacho lleva ya 300 ejemplares vendidos. Humilde record limeño del que no nos podemos jactar ni Gonzáles Viaña, ni Wiener, ni Freyre, ni Arévalo, Ni Vela, ni Adaui, ni Narro ni yo. De modo que a relajar, literatos aterciopelados. Serénense un poquito y sigan rezando conmigo la plegaria que Osquítar nos enseñó: No hay libros morales ni inmorales. Sólo hay libros bien escritos y mal escritos. Y para poder decidirlo, pequeño detalle, hay que haberlos leído primero.

*Post-scriptum: Por tratarse de un artículo que –como todos los que he publicado- tiene inocultables y quizá ilusas pretensiones literarias, nada escribiré acerca de lo dicho al respecto por los señores Carlín, Peluchín, Periquito Pin Pin y demás distinguidos coleguitas en el palpitante y ciertamente ilustrado universo de la farándula chola.

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